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Ingeniería de contexto personal

Una de las preguntas más habituales que nos hacen sobre IA es cuál es el mejor modelo. Es la pregunta equivocada.

A estas alturas los modelos de frontera se parecen lo suficiente como para que, en tu trabajo del día a día, casi nunca sea el modelo lo que te frena. Lo que te frena es que no sabe nada de ti.

Dale el mismo modelo, el mismo día, a dos personas. Una obtiene un becario espabilado que redacta rápido y se equivoca justo en lo que importa. La otra obtiene algo que decide casi como decidiría ella. El modelo es idéntico. Lo único que cambia es cuánto le ha contado cada una sobre cómo trabaja.

A esa diferencia se le empieza a llamar ingeniería de contextos. Suena a jerga de ingeniero, pero es de lo más mundano: es el cuerpo de cosas que la máquina sabe sobre ti. Tus documentos, las decisiones que ya tomaste, tus criterios, tu forma de decir que no. La versión personal de eso, la tuya y no la genérica de tu sector, es la palanca que casi nadie toca.

Un ejemplo mío, real. Quería que la IA escribiera con mi voz y no había manera: me salía un folleto. Me descargué todos mis posts de LinkedIn y se los di para que aprendiera cómo escribo, y a partir de ahí empezó a sonar a mí. La misma herramienta, el mismo modelo; lo único que añadí fue mi contexto.

Eso me cambió la mirada. El modelo mejora sólo: cada pocos meses el que ya usas se actualiza a uno más capaz, por el mismo precio y sin que tú muevas un dedo. Tu contexto no. Ese sólo crece si lo construyes tú. Así que la ventaja se está moviendo de sitio. Dentro de un año el mejor modelo lo tendrá cualquiera; lo que no tendrá cualquiera es todo lo que la máquina sabe de cómo trabajas tú.

Con un matiz que ya asomó la semana pasada: ese modelo no es del todo tuyo. Pueden actualizarlo a peor, encarecerlo o, como vimos, cerrarte el acceso de un día para otro. Tu contexto sí se queda contigo. Perseguir el modelo es correr detrás de algo que no controlas; construir el tuyo es lo único que aguanta cuando la herramienta cambie.

Hay una trampa, y es la misma que te conté hace dos semanas. Para darle tu contexto tienes que ponerlo en palabras, y buena parte de cómo decides no está en palabras: vive en tu cabeza, tácito, y nunca tuviste que explicártelo a nadie. Esa parte cuesta. Es justo la capa donde está tu ventaja sobre el becario, y justo la que da pereza tocar. La ingeniería de contexto personal es, en el fondo, el trabajo de sacar fuera tu criterio; la máquina solo es la excusa para que por fin lo escribas.

Ahora, no todo es lento. Hay atajos, y conviene empezar por ellos, porque buena parte de tu contexto ya existe escrito y solo hay que reunirlo. Descargar tu histórico de LinkedIn, volcar años de correos, juntar en una carpeta los documentos donde ya dejaste tu criterio. Eso se hace en una tarde y rinde enseguida. Lo lento es lo otro, lo que solo vive en tu cabeza. Pero no tienes por qué empezar por ahí.

Por eso, cuando alguien me pregunta por dónde empezar, ya no le hablo de modelos. Le pregunto qué sabe la máquina de cómo trabaja él. Casi siempre la respuesta es nada. Ahí está el trabajo, y es justo lo que hacemos en los entrenamientos de IA: no enseñarte la herramienta de moda, sino ayudarte a reunir y poner por escrito el criterio que cualquier herramienta necesita para servirte de verdad.