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Cómo tener un comité de expertos bajo demanda
Una voz que mira tu semana desde fuera y te dice "aquí creo que te equivocas"
Estas semanas te he hablado de un asistente que te conoce y, sobre todo, que tiene permiso para discutirte. Una voz que mira tu semana desde fuera y te dice "aquí creo que te equivocas". Hoy quiero subir un peldaño, porque hay un sitio donde una sola voz se queda corta: el momento de decidir.
Piénsalo. Las decisiones que de verdad pesan las tomas más solo de lo que reconocerías. La gente que podría llevarte la contraria o no tiene el cuadro completo, o no tiene un hueco esta tarde, o —la más peligrosa— te aprecia demasiado para decirte que te estás equivocando. Así que decides con la cabeza que tienes, que es la misma que ya está enamorada de la idea.
Lo que me monté para eso no es un asistente. Es un comité. Cuando tengo una decisión a medio cocer, convoco un panel: cada miembro entra con un papel distinto —el que defiende al cliente, el que vigila los números, el que pregunta "¿y si esto sale mal?"— y uno de ellos tiene una única orden, buscarle el agujero a mi idea. No está ahí para votar ni para darme un informe bonito. Está para hacerme defender la decisión antes de que me la haga defender la realidad, que cobra más caro.
Y aquí está el cambio de fondo, el que vengo señalando todo el mes. A la IA la mayoría la usa en la capa barata: redáctame esto, resúmeme aquello. Útil, pero pequeño. Donde está el salto de verdad es en la capa del juicio —decidir—, que es justo la que casi nadie le confía a la máquina porque parece demasiado suya. El comité es eso hecho concreto: no le pido que escriba más rápido, le pido que me ayude a decidir mejor.
Un ejemplo, y es el más honesto que tengo porque lo estás leyendo. Estas mismas newsletters pasan por ese comité antes de salir. En una de ellas, un miembro me paró un párrafo entero: le había metido un puente a nuestros entrenamientos que sonaba a vendedor, y me lo dijo sin anestesia. Yo estaba contento con ese párrafo; lo corté.
Te tengo que ser honesto con los límites, que los tiene. El comité vale lo que vale la decisión que le llevas y el contexto que le das: si entras con una pregunta floja, sales con un reparo flojo. Y no sustituye a la persona que conoce tu sector y tu historia mejor que nadie. Pero esa persona no siempre está, y el comité sí: a las once de la noche, un domingo, al instante y sin costarte nada. Y como no le robas la tarde a nadie, lo convocas también para las decisiones de segunda fila —las que importan, pero no tanto como para pedir una reunión— que antes despachabas a ojo. Nunca se cansa de decirte que igual te equivocas.
Lo que más me sorprendió no fue lo que el panel sabe. Es que me obliga a llevar la decisión bien planteada, porque a un consejo no le puedes soltar "no sé, ¿qué hago?". Tienes que ponerle delante la decisión, las opciones, lo que temes. Y ordenarla así, para contársela, es ya media decisión tomada. La máquina, otra vez, es la excusa para que por fin pienses despacio.
Y no te vendo el comité como punto de partida, porque no lo es. Es de lo último que monté, y se apoya en un trabajo mucho más de andar por casa: tener tu criterio fuera de la cabeza y saber qué decisión merece el panel. Sin eso, son cuatro voces genéricas opinando sobre algo que no entienden. En los entrenamientos de IA no empezamos por aquí: empezamos por la tarea que llevas meses arrastrando y por sacar fuera el criterio con el que la harías tú. El comité es uno de los sitios a los que ese trabajo te lleva, no la puerta de entrada.